El Papa Francisco celebrará este martes el quinto aniversario de su elección en privado, como todos los años, pero quizá con una cierta sensación de sorpresa. Consciente de sus limitaciones físicas y de haber sido elegido con 76 años, Francisco dijo que su pontificado sería breve, y que renunciaría cuando se sintiese sin fuerzas, como Benedicto XVI. Pero ahora, a los 81, culmina el primer lustro con una llamativa paz interior y en plenitud de fuerzas.

Al cabo de cinco años, lo que más sigue asombrando a los compatriotas del primer Pontífice americano es que mantenga la sonrisa adquirida misteriosamente aquel 13 de marzo de 2013, después de dos décadas de rostro severo y un poco triste como obispo auxiliar y arzobispo de Buenos Aires.

Y lo que más asombra a los observadores internacionales es que haya mantenido la popularidad incluso en países cuyas políticas critica, como es el caso de Estados Unidos. Según un reciente sondeo del Pew Research Center, los norteamericanos con una opinión favorable son el 84 por ciento. Entre los votantes demócratas sube al 89 por ciento, pero incluso entre los votantes republicanos se mantiene en un 79 por ciento.

En España, una reciente encuesta para «Vida Nueva» refleja que siete de cada diez españoles se irían de cañas muy a gusto con el Papa Francisco. Valoran, sobre todo la tolerancia cero frente a los abusos sexuales (71,7 por ciento) y la defensa de los pobres (63,2 por ciento), seguidas de la acogida a los homosexuales, el diálogo con las otras religiones, la apertura a los divorciados, etc. Entre sus virtudes personales, el 95 por ciento destaca la valentía.

Al cabo de cinco años, los críticos ruidosos del Papa Francisco mantienen solo su propio territorio, consistente con frecuencia en medios afines que actúan como «cámaras de eco», intercambiándose las críticas y comentarios negativos.

Hay también personas que sinceramente tienen dificultad para entender la primacía de la conciencia y del discernimiento, el concepto de gradualidad de la ley, el énfasis en el diálogo, la misericordia, o los motivos humanitarios -como «pontifex», o sea, «constructor de puentes»- en las intervenciones de Francisco en política exterior.

Pero lo asombroso es que dos tercios de los católicos y casi dos tercios de la población mundial -de cualquier religión- sientan una clara simpatía por un papa que, si bien afectuoso en las formas, es absolutamente tradicional en la doctrina. Su «fan» más importante está en el Vaticano y se llama Benedicto XVI, aunque la admiración filial es mutua: cada uno considera al otro como un padre.

Si el Papa Benedicto fue el primero en renunciar en época contemporánea, Francisco ha sido el primer papa americano, el primer jesuita, el primero que toma el nombre del santo de Asís, y el primero que convive amigablemente con un papa emérito.

Aunque las personalidades son muy distintas, la continuidad es evidente. Francisco ha celebrado un gran Año Santo de la Misericordia en sintonía con san Juan Pablo II, promotor de la devoción a la Divina Misericordia, y sigue también su línea en cuanto a diálogo con el Islam y otras religiones.

A su vez, en las batallas por el medio ambiente y la pobreza, Francisco sigue rutas marcadas por Benedicto XVI. De modo más visible, eso sí, pues lo hace sobre todo con el lenguaje de los gestos y el ejemplo personal, ya sea con su reciente visita a la Amazonia o la decisión de utilizar el coche más pequeño que encontró en el garaje del Vaticano.

En la lista de «primicias» hay que contar «el día de los cuatro papas», en que Francisco y Benedicto concelebraban la canonización de san Juan XXIII y san Juan Pablo II en el 2014.

La plaza de San Pedro acogerá en octubre la canonización de Pablo VI y del obispo salvadoreño Oscar Romero durante el Sínodo de Obispos sobre los Jóvenes, el segundo gran tema abordado en estas reuniones mundiales después de los dos encuentros dedicados a la Familia en 2014 y 2015.

Aunque el impacto de un pontificado no se mide a corto plazo, como en la política o el futbol, en estos primeros cincos años se nota un cambio en las actitudes de los católicos y en comprender que el cristianismo no es solo una doctrina y unas prácticas de piedad sino, al mismo tiempo, un estilo de vida marcado por las obras de misericordia.

Programa y limpiezas

Desde hace cinco años, Francisco repite que el programa de vida de un cristiano figura en Mateo 5: las Bienaventuranzas y la Nueva Ley («Pero yo os digo…»). Y que las preguntas del examen más importante, el de entrada en el cielo, aparecen en Mateo 25, el diálogo del juicio final: «porque tuve hambre y me distéis de comer…)».

Con la misma constancia sigue adelante en las «tres limpiezas» que responden en parte a peticiones de los cardenales en el precónclave: erradicar el vicio del clericalismo en clérigos y los laicos, el vicio del carrerismo en los clérigos, y el de la corrupción en los laicos. No es de extrañar que a algunos les haya molestado.

El nombramiento de cardenales de países lejanos, escogiendo a personas con un perfil al estilo de los primeros apóstoles, y el abandono de la costumbre de las «sedes cardenalicias» en Italia, han contribuido a traer aire fresco a las reuniones de purpurados, que ahora son anuales.

Si los papas del siglo XX fueron dejando atrás anomalías político-económicas incorporadas en muchos siglos de Estados Pontificios, Benedicto XVI y Francisco promueven una discretísima limpieza de otras más antiguas: las de lo que Joseph Ratzinger llamaba «Iglesia imperial», introducidas en la época de Constantino y visibles todavía hoy en algunos restos de «obispos príncipes» en lugar de servidores en varios países.

Al servicio de la primera línea

La batalla por crear una «cultura de servicio» no está completamente ganada en la Curia vaticana, donde ha sido triste ver a un prefecto de la Doctrina de la Fe que era poco sensible a las víctimas de abusos sexuales, un secretario de Economía que logró ofender y antagonizar a muchos, retrasando el proceso de cambio, o un prefecto de Liturgia que ha tenido que ser desautorizado dos veces por un Papa que mantiene como principio «yo no corto cabezas» pues prefiere esperar a que cada uno termine su mandato de cinco años.

Pero lo importante es que la mentalidad de la Curia -resistente por naturaleza al cambio y al adelgazamiento como toda organización- ha mejorado ya mucho en humanidad, sencillez y espíritu de servicio.

Por otra parte, desde que Francisco introdujo el consejo de nueve cardenales de todo el mundo, tiene hilos más directos con los obispos de los cinco continentes, y necesita menos la estructura romana.

Aparte de que los medios electrónicos permiten gobernar con menos personas y comunicarse mucho más fácilmente en tiempo real, el Papa tiene la mentalidad del misionero. Otorga la prioridad a llegar a los alejados, y sabe que la Iglesia se construye en la vanguardia, en la primera línea de cada diócesis, y no en la retaguardia.

Por eso, en estos cinco años, ha hecho 22 viajes internacionales al ritmo del primer lustro de Juan Pablo II, que fue elegido con solo 58 años. ¿De dónde saca las fuerzas? Es la pregunta del millón. Lo único claro es que, con 81 años a cuestas, Francisco sabe la respuesta.