Si el «CAMINO DE PASCUA» se hace como celebración, fuera de cualquier otro contexto litúrgico, sus tiempos podrían ser los siguientes:

  1. Canto de entrada.
  2. Lectura del pregón pascual, completo o abreviado.
  3. Canto de aclamación: Aleluya o Gloria.
  4. Breve monición o invitación a emprender el “Camino de Pascua”.
  5. La lectura de cada jornada puede ir seguida de unos minutos de silencio, o dejando paso a la intervención de los participantes, o acompañada de un canto.
  6. Una vez terminado el “Camino de Pascua”, tras una breve monición, todos rezan el Padrenuestro. A continuación se dan la paz (el momento se puede prolongar festivamente).
  7. Canto final.

1. AL ALBA (Mc 16,1-3)

Y la losa ya estaba removida,
desplazada hacia un lado.
No era obstáculo.
Cristo pudo con ella.
Pesaba sobre el corazón de las mujeres
cuando ya no pesaba sobre Cristo.
Y, sin embargo, vale la pregunta:
– ¿ Quién nos correrá la losa?
Porque ni el entierro de Jesús fue un simulacro
ni la piedra que le echaron encima
una sábana de lino.
La piedra estaba allí para enterrarlo.
Pero pudo con ella.
Y esto proclamamos:
que lo hizo desde dentro,
desde el propio sepultamiento,
con la fuerza de Dios que era la suya.
Alegraos,
alegraos por Cristo,
alegraos por vosotros
sin precipitar las conclusiones.

Porque las piedras,
las losas mortuorias,
las lápidas que pesan toneladas
existen
y siguen aplastando a quienes cogen debajo.
Ni los oprimidos,
ni los enterrados en vida,
ni los que no pueden levantar cabeza (sea como sea)
son invención de nadie.
Ahí están. Y preguntan:
– ¿ Quién nos correrá la losa?
Y la respuesta es una:
– Vosotros, como Cristo.
Pero ¿quién se atreve a darla?
Porque lo mismo puede ser profética
que tremendamente cínica.
Abstenerse, por tanto,
los teóricos,
los observadores imparciales,
los predicadores de oficio
(todos esos que sabéis)
y que salgan a darla por la cara
los que han sabido algo de «la fuerza del Señor».
¿Dónde están?

2. EL SEPULCRO VACIO (Jn 20,1-2)

Hemos recibido la noticia,
primero con estupor,
luego con alegría,
con una inmensa y esperanzada alegría.
El sepulcro de Cristo está vacío.
Por entonces se habló de robo,
de secuestro del cadáver,
de insensata maniobra para hacemos tragar
una palabra intragable:
resurrección.
Pero el hecho ahí estaba:
No había nadie,
sigue sin haber nadie en la tumba de Jesús.
Sin embargo, era cierto que en la tarde anterior
esa tumba rebosaba:
se le salía el dolor, la sangre, la desesperanza,
por las rendijas de la piedra.
Compañeros, amigos,
aquí no hay nadie.

Allá los que se empeñen en solucionar las cosas
dando parte al gobernador,
culpando a los centinelas,
acusando a los discípulos,
buscando el cadáver por los alrededores
o llorando por el muerto.
El cadáver no aparece.
Hace ya veinte siglos que no está donde estuvo.
En el sepulcro han perdido la pista de Jesús
los que lo buscan donde lo embalsamaron,
los enterradores,
las plañideras de siempre,
los aficionados a reliquias y despojos,
los investigadores estrictos,
los hombres de poca fe …
Pero la noticia es la misma:
– ¡Aquí no queda nadie!

3. DONDE MARÍA MAGDALENA VE A JESÚS (Jn 20,11-17)

Ella fue la primera en saber lo que pasaba.
Y no por noticias de segunda mano.
Comenzaba con ella la experiencia de Pascua.
Jesús estaba vivo
y la llamaba por su nombre: María.
Ella hizo lo mismo: Maestro.
De nombre a nombre, de persona a persona,
de discípula a Maestro,
la historia, trágicamente rota,
comenzaba de nuevo.
Y como maestro le dijo Jesús:
– No me sujetes,
no me detengas.
Lo que no pudo hacer la tumba
no vas a hacerlo tú.
Apréndete esto:
yo he resucitado para todos.
Y le dijo también:
– No te sujetes tú,
no te detengas,

porque los pies que abrazas
no necesitan tus lágrimas,
ni el frasco de perfume,
ni la caricia de tu pelo.
Son pies para el camino.
¡Al camino los tuyos!
Anúnciales a los míos que estoy vivo.
y a ti que te vean viva.
No va a faltar quien diga a mis cristianos:
«No tenéis precisamente cara de creer lo que rezáis:
que resucitó al tercer día.
Sois demasiado tristes».
Por eso, María,
pon tu cara,
tus pies
y tu palabra
al servicio de la alegría.
No negamos la cruz.
Pero éste es el otro lado de la cruz.

4. DONDE UN DISCIPULO COMPRUEBA LAS HERIDAS DE JESUS (Jn 20,25)

Así sería de fácil
si sólo se tratara de su cuerpo,
de su carne resucitada,
no de su ensanchamiento
en el cuerpo de la Iglesia
y de su encarnación en la comunidad.
Porque ahora la escena ha cambiado de signo:
¿Quién acerca sus manos a las llagas de Cristo
sin escandalizarse?
Bienaventurados los que siguen creyendo
después de haber visto,
tocado, palpado,
las heridas sangrantes
en el Cuerpo (con mayúscula) de Cristo:
las grietas de la desunión,
el vacío de la caridad,

la descalificación de los profetas,
los magisterios enfrentados,
la neutralización de la eucaristía,
los pobres, hoy y ahora,
y los cristianos de toda la vida …
La voz prudente dice:
– Si quieres mantener tu fe de siempre
no mires, no toques, no hurgues, no te metas …
Y sin embargo, cada vez está más claro
que sólo los que miran, tocan, se meten
y sienten como suyas las heridas de Cristo,
saben en carne propia
que Cristo vive. Porque Cristo duele.
Bienaventurados aquellos que, viendo lo que ven,
siguen creyendo.

5. DONDE PEDRO SE ECHA AL MAR (Jn 21,4-7)

Ya no hay tiempo para explicaciones,
tampoco para grandes demostraciones
como la de Jesús a Tomás
con aquello de las llagas.
Aquí, quien sabe dice:
– Es el Señor.
Y uno se tira al agua
sin caminar sobre las olas.
Ahora,
con el Señor resucitado en la otra orilla,
el trayecto se hace a braza,
sin ahorrarse el chapuzón,
el esfuerzo y el riesgo.
¡Y qué alegría!
Frente a tanta vacilación, tanta sospecha
cuando se dice «Es el Señor»,
todavía hay quien se lanza al agua sin dudarlo.
Que sí, que ya sabemos que lo de «Es el Señor»
o «Esa es la voluntad de Dios»
ha dado para todo en la viña del Señor,
desde ilusiones hasta atrocidades.

Pero también sabemos
que hay señales de Cristo
dilucidadas por el Espíritu,
discernidas por urgencias del mundo y de la Iglesia
que ya no dejan duda.
– ¡ Es el Señor!
Y ahí están,
a brazo partido con las olas,
los que trabajan por la paz,
los hambrientos de justicia,
los que alientan y viven la esperanza de los pobres,
los que denuncian, contra viento y marea,
la explotación del hombre,
los comprometidos en mantener en alza
su valor de hijos de Dios.
¡Y qué tremendo el mar!
Pero ¡atención los de la barca!:
¡Es el Señor!

6. EN EL CAMINO (Lc 24,13-15)

Mala prensa tienen los «compañeros de viaje»,
tan utilizables,
tan manipulables,
tan combustibles ellos muchas veces
en los azares del viaje.
Pero ¿qué hubiera sido de estos dos
sin el compañero de viaje?
Se les mete en la senda
y les sigue el andar
sin preguntar adónde van
o adónde lleva el camino.
De los otros habría mucho que hablar;
ya sabéis:
de los que aconsejan la vuelta
(sin haber ido nunca),
de los que no entran por caminos nuevos
pero tampoco han recorrido responsablemente
los caminos viejos

(por ahí les han llevado),
o de los que dicen (¡con qué gracia, Dios mío!)
que no hubiera llegado a ingeniero de caminos
el que dijo:
«Se hace camino al andar».
Añadid los que sepáis.
Mientras tanto, ahí van esos tres
andando y desandando toda la desesperanza.
Jesús interpela, interroga, insinúa,
pero no interrumpe ni el diálogo ni el viaje.
No es una táctica. Es un proceso.
Los tres buscando juntos
y en el mismo camino hasta el final.
Porque
«¿Cómo te encontraremos al declinar el día
si tu camino no es nuestro camino?»
Y aún nos queda Emaús.

7. SENTADOS A LA MESA (Lc 24,28-32)

¡Cuánto hemos amado esta alquería,
esta mesa,
esta gente
que se sienta al atardecer para partir el pan … !
Lugar reconocible, Emaús,
para todo cristiano bien nacido.
Olor a casa nuestra,
a pan nuestro …
Esclarecimiento hogareño de un camino
amenazado por la noche.
Pues aquí hemos llegado.
Ya estamos
a la hora en que la tarde se va poniendo íntima.
Pero llegamos con una desventaja
(digo desventaja)
sobre los dos discípulos:
nosotros ya sabemos lo que va a ocurrir,
lo que tiene que ocurrir.

Por eso,
Jesús ni se nos va
ni se nos revela:
se nos estereotipa.
Nos sabemos sus gestos de memoria.
¡Ay!, que sí,
que puede que hayamos llegado demasiado pronto,
sin grandes interrogantes,
sin grandes expectativas
y hasta sin la obligación (o eso pensábamos)
de traer un pan entre las manos
para repartirlo entre todos.
Y ahora pasa
que no va a pasar nada
mientras no venga el pan
(que ya son muchos a pedirlo) .
Es hermosa la tarde,
entrañable la casa,
pero nada se revela
si nada se comparte.

8. CON PEDRO JUNTO AL MAR (Jn 21,15-17)

Jesús aborda a Pedro con palabras muy claras.
En el Evangelio las culpas se redimen por amor.
Y Pedro es culpable.
Dijo de Jesús que no le conocía.
Pero Jesús no le pregunta por su conocimiento.
Dijo que no era su discípulo.
Pero Jesús no le interroga sobre la doctrina.
Dijo: «No sé de quién me habláis».
Pero Jesús no le pregunta si le reconoce.
Eso sí, Pedro había dicho:
– Aunque todos, yo no …
Y Jesús pone el listón donde lo puso Pedro:
– ¿Me quieres más que todos?
Una pregunta en el lenguaje del corazón,
como hecha a un niño.
Y una respuesta humilde,
como la de un hombre castigado por su historia:
– Tú lo sabes todo…
Y tanto sabe Jesús del corazón de Pedro
que le pone la Iglesia entre las manos.

Y lo hace de inmediato,
sin dar tiempo a que las palabras queden huecas.
Aquí se habla de amor
y se sacan consecuencias, como espadas.
En labios de Jesús resucitado
las palabras resucitan.
Por eso, ¿quién se atreve a responderle: «Te quiero»,
sin que se le venga el mundo encima,
sin que le carguen a cuenta
todo lo que Jesús ha amado,
nos ha encargado,
nos ha dejado como tarea del Reino?

Una de dos,
o nos la jugamos a lo que ellas comprometen,
o nos han dejado sin palabras.

9. EL JESUS DE TODOS (Jn 21,9-12)

Empieza a ser posible la comunidad.
Todos identifican a Jesús
en el Jesús de todos.
Los desacuerdos se producirán más tarde
en una vuelta a lo individual
por encima de lo eclesial.
Pero éste de ahora, a la orilla del mar,
es un momento de gracia.
Nadie discute al Cristo que se tiene delante.
Nadie trae otros Cristos que oponerle.
Y porque hay acuerdo hay paz.
Y porque hay paz hay alegría.
Todavía no hay proyectos,
jerarquizaciones de tareas y personas,
prioridad de ministerios y misiones,
sino limpia conciencia de un encuentro:
el de todos con todos,
el de todos con el Resucitado.

Y sí, vale la pena comentar en voz alta:
¡Qué bien se está aquí!
Entendedlo: no es una propuesta para prolongar el éxtasis,
sino un dejar constancia (ahí os va esa palabra) de la
«consolación».
Que sí, que hay que vivirla
para que la dispersión posterior no sea precisamente
un «sálvese quien pueda»,
un «largarse» cada cual por sus caminos,
sino una misión que brota del mismo corazón
de la alegría pascual.
Sólo desde ahí podrán creemos
que «Hemos visto al Señor».

10. EN EL MONTE (Mt 28,16-19)

– Has salido del Padre y vas al Padre,
¿por qué decirte adiós?
Tú siempre eres promesa de regreso.
Te arrebata una nube
y nos mandas recado
de que volverás muy pronto;
te perdemos de vista
y no nos quitas los ojos de encima.
– «No, yo no dejo la tierra,
no, yo no olvido a los hombres.
Aquí yo he dejado la guerra.
Arriba están vuestros nombres».
Y estamos en esa guerra tuya
tan difícil de ganar,
reclutados de las cinco partes del mundo
y enviados a las cinco partes del mundo.
«Partid frente a la aurora.
Salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora.
Comienza vuestra tarea».
Nunca una ausencia dejó detrás de sí tanto que hacer,
nunca un ausente dejó mayor encargo.
Nunca alguien que se fue prohibió tanto las lágrimas
para que no nos vendiéramos a las traiciones del corazón.

«Aquí vino
y se fue.
Vino … nos marcó nuestra tarea
y se fue.
Tal vez detrás de aquella nube
hay alguien que trabaja
lo mismo que nosotros
y tal vez las estrellas
no son más que ventanas encendidas
de una fábrica
donde Dios tiene que repartir
una labor también.
Aquí vino
y se fue.
Vino, llenó nuestra caja de caudales
con millones de siglos y de siglos,
nos dejó unas herramientas
y se fue.
El, que lo sabe todo,
sabe que estamos solos;
sin dioses que nos miren
trabajamos mejor.
Detrás de ti no hay nadie. Nadie.
Ni un maestro, ni un amo, ni un patrón.
Pero tuyo es el tiempo.
El tiempo y esa gubia
con que Dios comenzó la creación».

(León Felipe)

11. A LA ESPERA CON MARIA (Hech 1,12-14)

Te buscábamos; Señora,
en la mañana gloriosa.
Te creíamos de camino,
o al lado del sepulcro,
o en tu casa tranquila,
o incluso con los once pescadores
que salían al mar para ver a Jesús.
Queríamos preguntarte
con urgentes y tópicas preguntas de entrevista:
¿Qué siente María en estos momentos?
Y, o no estabas,
o anotábamos en nuestra agenda de trabajo:
No sabe, no contesta.
Y tanto sabías
que habitabas ya
en el corazón de la comunidad,
partícipe de su fe
y de su esperanza en la venida del Espíritu.

Te has llevado contigo tu experiencia
del hijo resucitado
y nos dejas tan sólo tu actitud orante
como palabra:
– El Espíritu me lo trajo.
El Espíritu me lo volverá a traer.
Pues contigo, Señora,
aquí están
los que tocaron sus heridas,
los compañeros de camino,
los que compartieron su pan,
los que le amaron más que los demás,
los enviados,
los consolados
y nosotros los cristianos.
Todos juntos,
a la espera contigo,
Madre de la Iglesia,
en idéntica oración:
¡Ven, Señor Jesús!
AMEN.

José Luis Blanco Vega, S.J.