EL PAPA PUBLICA LA EXORTACIÓN “GAUDETE ET EXULTATE”.

EL PAPA PUBLICA LA EXORTACIÓN “GAUDETE ET EXULTATE”.

EL PAPA PUBLICA LA EXORTACIÓN “GAUDETE ET EXULTATE”.

El 9 de abril de 2018 el Papa Francisco ha publicado un documento en el que  reflexiona sobre la idea de que todos estamos llamados a ser santos. Una llamada que transforma nuestra vida y nos acerca hasta la felicidad para la que hemos sido creados.

Cada uno de los 177 puntos en los que se desarrolla el último documento del Papa Francisco rezuma el optimismo y la alegría que para un cristiano supone tomarse en serio la llamada a la santidad. Una vez más, la alegría presente en esta nueva exhortación, la tercera del Papa Francisco, tal como lo estuvo en “Evangelii Gaudium y “Amoris Laetitia”.

¿Qué es una Exhortación Apostólica? Así se denomina a uno de los documentos escrito por un Papa como fruto de su magisterio. Se podría decir que es el tercero en importancia tras las constituciones apostólicas y las encíclicas. Esto no significa que tenga menor rango que los demás, porque la importancia de un documento papal depende de su contenido y no de la forma. Se trata de mensajes de tipo pastoral escritos por el Papa para dar indicaciones concretas sobre una cuestión en particular, en este caso sobre la santidad. La exhortación apostólica establece directrices claras para que los católicos afronten con criterio las nuevas situaciones que plantea el mundo moderno y en ocasiones, aunque no es imprescindible, los papas suelen escribirlas tras haber consultado a los obispos en los sínodos.

Tal como se esperaba está firmada el pasado 19 de marzo, día de San José, jornada en la que el Papa Francisco celebraba el quinto aniversario del comienzo de su Pontificado.

El texto está dividido en 5 capítulos que llevan los siguientes títulos: “La llamada a la Santidad”, “Dos sutiles enemigos de la Santidad”, “A la luz del Maestro”, “Algunas notas de la Santidad en el Mundo Actual”, “Combate, Vigilancia y Discernimiento”.

A lo largo de la Exhortación, el Papa Francisco recoge el testigo de sus predecesores Benedicto XVI y San Juan Pablo II para argumentar la llamada universal a la santidad, en hilo directo con el Concilio Vaticano II. Un tema que aparece en el capítulo V de la Constitución conciliar “Lumen gentium”, en la que el Papa se ha inspirado en diversas ocasiones para distintas catequesis y discursos.

Ya desde el preámbulo, el Papa Francisco nos recuerda que Dios “nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”. Con este escrito, tal como el mismo indica, el Papa no pretende elaborar un tratado sobre la santidad, sino recordarnos lo que significa y supone en nuestra vida esta llamada a la santidad, encarnada en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades.

CAPÍTULO PRIMERO: “La llamada a la Santidad”

En la tarea de alcanzar la Santidad no estamos solos: “Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios mantienen con nosotros lazos de amor y comunión”. Además, los tenemos mucho más cerca de lo que nos imaginamos “en la puerta de al lado”. “No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo.” “ Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: en esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. La santidad «de la puerta de al lado»; «la clase media de la santidad». En este capítulo el Papa también nos previene contra el desaliento cuando contemplamos modelos de santidad que parecen inalcanzables y marca cuál sería el camino: “¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales”. Y para poder sacar adelante esta empresa tenemos la suerte de poder encontrar en la Iglesia, todo lo que necesitamos para poder crecer en santidad.

Aborda también el Papa en este capítulo el carácter de Misión que tiene esta llamada a la Santidad. “Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio”.

«La santidad no es sino la caridad plenamente vivida» (Benedicto XVI). Entre los múltiples consejos que nos ofrece el Papa para desarrollar esta misión se encuentra el siguiente: “No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio…(/)… Esto no implica despreciar los momentos de quietud, soledad y silencio ante Dios.”

Dentro del optimismo con el que hemos de abordar este camino, el Papa Francisco insiste: “No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó.” “No tengas miedo de apuntar más alto. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. En la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos» (León Bloy)”.

CAPÍTULO SEGUNDO: “Dos sutiles enemigos de la Santidad”

Aborda aquí el Papa cuáles son los dos enemigos de la Santidad actual y que podrían desviarnos del camino: El gnosticismo y el pelagianismo. Dos herejías que aunque surgieron en los primeros siglos, siguen teniendo alarmante actualidad. El Papa define el gnosticismo actual como “Una mente sin Dios y sin carne” “En definitiva, se trata de una superficialidad vanidosa: mucho movimiento en la superficie de la mente, pero no se mueve ni se conmueve la profundidad del pensamiento.” “Esto puede ocurrir dentro de la Iglesia: pretender reducir la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominarlo todo. Una doctrina sin misterio” “Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida.”

El otro enemigo de la Santidad es el pelagianismo actual: “Cuando algunos de ellos se dirigen a los débiles diciéndoles que todo se puede con la gracia de Dios, en el fondo suelen transmitir la idea de que todo se puede con la voluntad humana; Dios te invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedas: «Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras» (San Agustín). Una enseñanza de la Iglesia muchas veces olvidada” “La Iglesia enseñó reiteradas veces que no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la gracia del Señor que toma la iniciativa.” Finalmente el Papa recuerda que “Muchas veces, en contra del impulso del Espíritu, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. Es quizás una forma sutil de pelagianismo.” “Porque toda la ley se cumple en una sola frase, que es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

CAPÍTULO TERCERO: “A la luz del Maestro”

Encontramos en este capítulo la brújula exacta para saber cómo acertar en nuestro camino hacia la Santidad: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las Bienaventuranzas” . Y a partir de aquí, el Papa Francisco va mostrando el itinerario recorriendo las Bienaventuranzas: “Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” “ Esta pobreza de espíritu está muy relacionada con aquella «santa indiferencia» que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosa libertad interior.” “Ser pobre en el corazón, esto es santidad. «Felices los mansos, porque heredarán la tierra» “Para santa Teresa de Lisieux «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades”. “Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad” “Felices los que lloran, porque ellos serán consolados” “El mundo nos propone lo contrario: se gastan muchas energías por escapar de las circunstancias donde se hace presente el sufrimiento.” “Saber llorar con los demás, esto es santidad” “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados” “ La palabra «justicia» puede ser sinónimo de fidelidad a la voluntad de Dios con toda nuestra vida, pero si le damos un sentido muy general olvidamos que se manifiesta especialmente en la justicia con los indefensos. Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad” “Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” “El Catecismo nos recuerda que esta ley se debe aplicar «en todos los casos», de manera especial cuando alguien «se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil”. “Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad” “Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios” “En las intenciones del corazón se originan los deseos y las decisiones más profundas que realmente nos mueven” “Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad. «Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» “No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad.

“Felices los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”: Las persecuciones no son una realidad del pasado, porque hoy también las sufrimos, sea de manera cruenta, como tantos mártires contemporáneos, o de un modo más sutil, a través de calumnias y falsedades. Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad”

Todo este itinerario se resume en lo que el Papa Francisco denomina “El Gran Protocolo”: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36). El Papa detalla con un ejemplo práctico: “Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre. ¡Eso es ser cristianos!

Sobre las ideologías que mutilan el corazón del Evangelio: “Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia” “También es nocivo e ideológico el error de quienes viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria.” “ Suele escucharse que, frente al relativismo y a los límites del mundo actual, sería un asunto menor la situación de los migrantes, por ejemplo. Algunos católicos afirman que es un tema secundario al lado de los temas «serios» de la bioética”.

Recuerda el Papa que lo expuesto anteriormente no se trata de un invento de un Papa o de un delirio pasajero: “Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia” “El consumismo hedonista puede jugarnos una mala pasada. También el consumo de información superficial y las formas de comunicación rápida y virtual pueden ser un factor de atontamiento que se lleva todo nuestro tiempo y nos aleja de la carne sufriente de los hermanos.

CAPÍTULO CUARTO:  “Algunas notas de la Santidad en el Mundo Actual”

A lo largo de los párrafos de este capítulo el Papa no pretende detenerse a explicar los medios de santificación que ya conocemos: los distintos métodos de oración, los preciosos sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, la ofrenda de sacrificios, las diversas formas de devoción, la dirección espiritual, y tantos otros: “Solo me referiré a algunos aspectos del llamado a la santidad que espero resuenen de modo especial. Son cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo que considero de particular importancia, debido a algunos riesgos y límites de la cultura de hoy. En ella se manifiestan: la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y nos debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo, y tantas formas de falsa espiritualidad sin encuentro con Dios que reinan en el mercado religioso actual.”

Estos son los aspectos a los que se refiere el Papa Francisco en este capítulo:

“Aguante, Paciencia y Mansedumbre” “Alegría y Sentido del humor”. “Audacia y Fervor” “En Comunidad” “ En Oración Constante”

CAPÍTULO QUINTO: “Combate, Vigilancia y Discernimiento”

Nos recuerda el Papa que la vida cristiana es un combate permanente: “Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida.” “No se trata solo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo. Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones. Es también una lucha constante contra el diablo. Jesús mismo festeja nuestras victorias.”

El demonio existe y es algo más que un mito: “No pensemos que es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos. Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades.”

¿Cuáles son las armas poderosas que el Señor nos da para combatir al enemigo? “Para el combate tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero”

El Papa también nos previene contra la corrupción espiritual: “No nos entreguemos al sueño. Porque quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento.” “¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo? La única forma es el discernimiento, que no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir. Si lo pedimos confiadamente al Espíritu Santo, y al mismo tiempo nos esforzamos por desarrollarlo con la oración, la reflexión, la lectura y el buen consejo, seguramente podremos crecer en esta capacidad espiritual” “Todos, pero especialmente los jóvenes, están expuestos a un zapping constante. Sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en marionetas a merced de las tendencias del momento. Siempre a la luz del Señor” “El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves. Nos hace falta siempre: muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante.

“Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas” “ No se trata de aplicar recetas o de repetir el pasado” “Hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos.

Concluye el Papa Francisco la Exhortación Apostólica dedicando unas palabras a la Virgen: “Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…».

El Papa Francisco… 5 años después

El Papa Francisco… 5 años después

Un lustro con el Papa Francisco

Mucho se ha dicho y escrito sobre los primeros cinco años del ministerio petrino del Papa Francisco. Habiéndome acompañado literalmente en el cónclave que iba a elegir al primer jesuita argentino como obispo de Roma el 13 de marzo de 2013, pude seguir muy de cerca durante estos cinco años el notable impacto que ha tenido en la Iglesia y el mundo. Escuché a sus admiradores, sus seguidores y sus críticos. Sabiendo que se podría decir mucho más, me gustaría ofrecer algunas reflexiones.

Al elegir el nombre de Francisco, afirmó el poder de la humildad y la simplicidad. Este jesuita argentino no solo testimonia la complementariedad de las costumbres ignaciana y franciscana, sino que también manifiesta diariamente que el espíritu y el corazón se encuentran en el amor de Dios y el prójimo. Finalmente, Francisco nos recuerda cuánto necesitamos a Jesús y cómo nos ayudamos mutuamente a lo largo de nuestras vidas.

Habiendo servido como uno de los representantes oficiales del Vaticano durante la histórica transición papal de 2013, debo regresar a un texto profético de este pontificado que se está desarrollando ahora mismo ante nuestros ojos. Se trata de una intervención de un cardenal durante el pre conclave de los cardenales realizado el 7 de marzo de 2013. Este discurso se tituló: la dulce y reconfortante alegría de evangelizar. En esta cámara alta, este cardenal comenzó su discurso recordando a sus hermanos obispos que “la evangelización es la razón de ser de la Iglesia” y que es por esta razón que debe ser “alegre y reconfortante”. Es Jesucristo mismo llamándonos desde el interior. Este mismo cardenal pasó a señalar cuatro puntos de gran simplicidad y profundidad:

Evangelizar implica celo apostólico. Evangelizar implica el deseo de la Iglesia de salir de sí misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir a las periferias, no solo en el sentido geográfico, sino también a las periferias existenciales: a los que se encuentran en las periferias del misterio del pecado, del sufrimiento, de la injusticia, de la ignorancia, a los que no tienen religión, ni pensamiento, y quienes son miserables.

Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar, se vuelve auto referencial y enferma. (ver, La mujer jorobada del Evangelio). Los males que afligen a las instituciones eclesiales a lo largo de la historia tienen sus raíces en una actitud autorreferencial, en una especie de narcisismo teológico. En el libro del Apocalipsis, Jesús dice que está a la puerta y que llama. Por supuesto, el texto se refiere a Aquel que llama a la puerta con la intención de entrar, pero a menudo pienso en los momentos en que Jesús llama desde dentro, para que lo dejamos salir. La Iglesia autorreferencial mantiene a Jesús para sí misma y se niega a dejarlo salir.

Cuando la Iglesia se autorreferencia sin darse cuenta, cree que posee su propia luz. Deja de ser el mysterium lunae para disfrutar de este gran mal de la mundanalidad espiritual. La Iglesia autorreferencial vive para glorificarse a sí misma. En términos simples, hay dos imágenes de la Iglesia: por un lado, la Iglesia evangelizadora que sale de sí misma: “Escuchando la Palabra de Dios con reverencia y proclamando la fe” (primero palabras de la Constitución dogmática sobre la Revelación divina) y, por otro lado, la Iglesia mundana que vive en sí misma, por sí misma y para sí misma. Esto ilumina nuestra conciencia con respecto a los posibles cambios y reformas que deben presentarse para la salvación de las almas.

El cardenal que pronunció estas palabras era, en su momento, el arzobispo de Buenos Aires y su nombre, Jorge Mario Bergoglio. Su nuevo nombre es Francisco. Él es jesuita. Su humildad ha impresionado a muchos en todo el mundo. Su estilo se ha convertido en un mensaje en sí mismo. Este es el aspecto más radicalmente evangélico de la reforma espiritual de su pontificado. De hecho, invitó a todos los católicos y, especialmente al clero, a rechazar el éxito, la fortuna y el poder. El padre espiritual de Francisco, Ignacio de Loyola, insiste en que un jesuita nunca debe tener un espíritu anti eclesial y siempre debe estar abierto a los movimientos del Espíritu Santo. El compromiso de los jesuitas de no buscar un puesto eclesiástico, incluso en la Compañía de Jesús, es una consecuencia de esta experiencia. Francisco ha interiorizado hasta tal punto estos valores que él los aplica hoy sin ninguna duda a su reforma de la Curia Romana.

La humildad nos acerca a Cristo

A los ojos de Ignacio, la humildad es la virtud que nos acerca a Cristo. En este sentido, el Papa Francisco parece guiar a la Iglesia y educar al clero para asimilar esta verdad fundamental. Francisco nos enseña que la humildad es precisamente esencial para que esta nueva evangelización sea real y efectiva, tanto dentro de la Iglesia como en sus relaciones con el mundo. El Papa Francisco trabaja a diario para hacer que la Iglesia sea más humilde, tierna y misericordiosa, una Iglesia encarnada caminando junto a las personas en el camino; una Iglesia que escucha, discierne, acompaña, perdona, bendice y que se expresa con audacia y valientemente; una Iglesia que llora con los que lloran y se regocija con los que se regocijan; una Iglesia que hace todo lo posible para resistir a las tentaciones de reducir la fe a una moral; una Iglesia que se resiste a los intentos de desentrañar el mensaje y esa Persona que está en su mismo corazón: Jesucristo; una Iglesia que se esfuerza por integrar a todas las personas en las comunidades de fe. De acuerdo con el corazón y el espíritu del Papa Francisco, “una Iglesia que es capaz de devolver la ciudadanía a tantos de sus hijos exiliados”.

No olvidaré las palabras que dirigió a sus hermanos obispos de los Estados Unidos en septiembre de 2015, durante una reunión en la Catedral de San Mateo en Washington DC. En esta ocasión, Francisco habló sobre su visión del ministerio presbiteral para América y el mundo:

“Una iglesia que sabe reunirse alrededor del hogar es capaz de atraer. Ciertamente, no solo de cualquier fuego, sino de uno que se encendió en la mañana de Pascua. Es el Señor resucitado quien continúa desafiando a los pastores de la Iglesia a través de la tímida voz de tantos hermanos: “¿Tienes algo que comer?” Es necesario reconocer su voz como lo hicieron los Apóstoles a orillas del mar de Tiberíades (ver  Jn. 21, 4-12). Es aún más importante confiar en la certeza de que las brasas de su presencia, iluminadas por el fuego de la pasión, nos preceden y no se apagan nunca. Cuando falta esta certeza, corremos el riesgo de convertirnos en amantes de las cenizas y no en guardianes y dispensadores de la luz verdadera y de esta calidez que calienta el corazón (Lc 24:32)” [1]

El plan de juego del Ministerio Petrino de Francisco no emanaba ni de Buenos Aires, ni de Roma, Loyola o Asís. Viene más bien de Belén, Nazaret, Jerusalén, Galilea y Emaús. ¡Incluso donde comenzó toda la historia! Si varios grupos o individuos en la Iglesia parecen tener dificultades con el Papa Francisco, me pregunto si, al final, no es esta inspiración primordial lo que les causa dificultades.

En la tarde del 13 de marzo de 2013, Jorge Mario Bergoglio recibió la llamada para reconstruir, reparar, renovar y curar a la Iglesia. Hay quienes se complacen en describir al nuevo Papa como un atrevido revolucionario enviado a sacudir el barco. Otros piensan que llegó a causar un gran naufragio. Sin embargo, la única revolución que Francisco inauguró es una revolución de la ternura, en las palabras que él mismo usó en su principal carta: La alegría del Evangelio (EG no88).

“Gran revolucionario”

De hecho, muchos llaman a este Papa el “gran revolucionario”. La única vez que usó la palabra “revolución” fue en la exhortación Evangelii Gaudium, en el párrafo 88, para describir la revolución como la ternura inaugurada cuando el Hijo de Dios se hizo carne. Me parece que Francisco inaugura otra revolución: la de la normalidad. Él es para nosotros un ejemplo de comportamiento pastoral normal. Enfrentados a una actitud cristiana tan normal, algunos están completamente desestabilizados. Esta reacción refleja nuestro propio comportamiento anormal, este deseo muy humano de seguir los caminos del mundo en lugar del camino del Evangelio; este camino a la santidad y la vida venidera. El comportamiento normal del Papa Francisco es para nosotros, al mismo tiempo, un desafío, un consuelo y, al mismo tiempo, una cierta ternura que deseamos desde hace tiempo. Él es muy exigente cuando predica sobre la Misericordia Divina, cuando entra en contacto con los no creyentes, los ateos, los agnósticos, escépticos, con aquellos que están al borde de la vida, incluso aquellos que piensan que el cristianismo no tiene nada que aportar al sentido de la vida. Tanto por el mensaje provocativo y profundo que contienen Evangelii Gaudium, Laudato Si’  y Amoris Laetitia, como por sus reflexiones diarias durante sus simples celebraciones eucarísticas en la capilla de la casa Santa Marta, Francisco ha sido capaz de conectar y conocer a esta familia humana que tienen hambre y sed de una mensaje de esperanza y consuelo.

Necesitamos esta revolución de ternura, misericordia y normalidad ahora más que nunca. Solo espero y oro para que podamos ser inspirados e imitados.

Padre Thomas Rosica.

5º Aniversario del Papa Francisco

5º Aniversario del Papa Francisco

El Papa Francisco celebrará este martes el quinto aniversario de su elección en privado, como todos los años, pero quizá con una cierta sensación de sorpresa. Consciente de sus limitaciones físicas y de haber sido elegido con 76 años, Francisco dijo que su pontificado sería breve, y que renunciaría cuando se sintiese sin fuerzas, como Benedicto XVI. Pero ahora, a los 81, culmina el primer lustro con una llamativa paz interior y en plenitud de fuerzas.

Al cabo de cinco años, lo que más sigue asombrando a los compatriotas del primer Pontífice americano es que mantenga la sonrisa adquirida misteriosamente aquel 13 de marzo de 2013, después de dos décadas de rostro severo y un poco triste como obispo auxiliar y arzobispo de Buenos Aires.

Y lo que más asombra a los observadores internacionales es que haya mantenido la popularidad incluso en países cuyas políticas critica, como es el caso de Estados Unidos. Según un reciente sondeo del Pew Research Center, los norteamericanos con una opinión favorable son el 84 por ciento. Entre los votantes demócratas sube al 89 por ciento, pero incluso entre los votantes republicanos se mantiene en un 79 por ciento.

En España, una reciente encuesta para «Vida Nueva» refleja que siete de cada diez españoles se irían de cañas muy a gusto con el Papa Francisco. Valoran, sobre todo la tolerancia cero frente a los abusos sexuales (71,7 por ciento) y la defensa de los pobres (63,2 por ciento), seguidas de la acogida a los homosexuales, el diálogo con las otras religiones, la apertura a los divorciados, etc. Entre sus virtudes personales, el 95 por ciento destaca la valentía.

Al cabo de cinco años, los críticos ruidosos del Papa Francisco mantienen solo su propio territorio, consistente con frecuencia en medios afines que actúan como «cámaras de eco», intercambiándose las críticas y comentarios negativos.

Hay también personas que sinceramente tienen dificultad para entender la primacía de la conciencia y del discernimiento, el concepto de gradualidad de la ley, el énfasis en el diálogo, la misericordia, o los motivos humanitarios -como «pontifex», o sea, «constructor de puentes»- en las intervenciones de Francisco en política exterior.

Pero lo asombroso es que dos tercios de los católicos y casi dos tercios de la población mundial -de cualquier religión- sientan una clara simpatía por un papa que, si bien afectuoso en las formas, es absolutamente tradicional en la doctrina. Su «fan» más importante está en el Vaticano y se llama Benedicto XVI, aunque la admiración filial es mutua: cada uno considera al otro como un padre.

Si el Papa Benedicto fue el primero en renunciar en época contemporánea, Francisco ha sido el primer papa americano, el primer jesuita, el primero que toma el nombre del santo de Asís, y el primero que convive amigablemente con un papa emérito.

Aunque las personalidades son muy distintas, la continuidad es evidente. Francisco ha celebrado un gran Año Santo de la Misericordia en sintonía con san Juan Pablo II, promotor de la devoción a la Divina Misericordia, y sigue también su línea en cuanto a diálogo con el Islam y otras religiones.

A su vez, en las batallas por el medio ambiente y la pobreza, Francisco sigue rutas marcadas por Benedicto XVI. De modo más visible, eso sí, pues lo hace sobre todo con el lenguaje de los gestos y el ejemplo personal, ya sea con su reciente visita a la Amazonia o la decisión de utilizar el coche más pequeño que encontró en el garaje del Vaticano.

En la lista de «primicias» hay que contar «el día de los cuatro papas», en que Francisco y Benedicto concelebraban la canonización de san Juan XXIII y san Juan Pablo II en el 2014.

La plaza de San Pedro acogerá en octubre la canonización de Pablo VI y del obispo salvadoreño Oscar Romero durante el Sínodo de Obispos sobre los Jóvenes, el segundo gran tema abordado en estas reuniones mundiales después de los dos encuentros dedicados a la Familia en 2014 y 2015.

Aunque el impacto de un pontificado no se mide a corto plazo, como en la política o el futbol, en estos primeros cincos años se nota un cambio en las actitudes de los católicos y en comprender que el cristianismo no es solo una doctrina y unas prácticas de piedad sino, al mismo tiempo, un estilo de vida marcado por las obras de misericordia.

Programa y limpiezas

Desde hace cinco años, Francisco repite que el programa de vida de un cristiano figura en Mateo 5: las Bienaventuranzas y la Nueva Ley («Pero yo os digo…»). Y que las preguntas del examen más importante, el de entrada en el cielo, aparecen en Mateo 25, el diálogo del juicio final: «porque tuve hambre y me distéis de comer…)».

Con la misma constancia sigue adelante en las «tres limpiezas» que responden en parte a peticiones de los cardenales en el precónclave: erradicar el vicio del clericalismo en clérigos y los laicos, el vicio del carrerismo en los clérigos, y el de la corrupción en los laicos. No es de extrañar que a algunos les haya molestado.

El nombramiento de cardenales de países lejanos, escogiendo a personas con un perfil al estilo de los primeros apóstoles, y el abandono de la costumbre de las «sedes cardenalicias» en Italia, han contribuido a traer aire fresco a las reuniones de purpurados, que ahora son anuales.

Si los papas del siglo XX fueron dejando atrás anomalías político-económicas incorporadas en muchos siglos de Estados Pontificios, Benedicto XVI y Francisco promueven una discretísima limpieza de otras más antiguas: las de lo que Joseph Ratzinger llamaba «Iglesia imperial», introducidas en la época de Constantino y visibles todavía hoy en algunos restos de «obispos príncipes» en lugar de servidores en varios países.

Al servicio de la primera línea

La batalla por crear una «cultura de servicio» no está completamente ganada en la Curia vaticana, donde ha sido triste ver a un prefecto de la Doctrina de la Fe que era poco sensible a las víctimas de abusos sexuales, un secretario de Economía que logró ofender y antagonizar a muchos, retrasando el proceso de cambio, o un prefecto de Liturgia que ha tenido que ser desautorizado dos veces por un Papa que mantiene como principio «yo no corto cabezas» pues prefiere esperar a que cada uno termine su mandato de cinco años.

Pero lo importante es que la mentalidad de la Curia -resistente por naturaleza al cambio y al adelgazamiento como toda organización- ha mejorado ya mucho en humanidad, sencillez y espíritu de servicio.

Por otra parte, desde que Francisco introdujo el consejo de nueve cardenales de todo el mundo, tiene hilos más directos con los obispos de los cinco continentes, y necesita menos la estructura romana.

Aparte de que los medios electrónicos permiten gobernar con menos personas y comunicarse mucho más fácilmente en tiempo real, el Papa tiene la mentalidad del misionero. Otorga la prioridad a llegar a los alejados, y sabe que la Iglesia se construye en la vanguardia, en la primera línea de cada diócesis, y no en la retaguardia.

Por eso, en estos cinco años, ha hecho 22 viajes internacionales al ritmo del primer lustro de Juan Pablo II, que fue elegido con solo 58 años. ¿De dónde saca las fuerzas? Es la pregunta del millón. Lo único claro es que, con 81 años a cuestas, Francisco sabe la respuesta.

Mensaje del Papa con motivo de la Jornada Misionera Mundial 2017

Mensaje del Papa con motivo de la Jornada Misionera Mundial 2017

Texto del Mensaje del Santo Padre Francisco con motivo de la Jornada Misionera Mundial 2017 que se celebrará el próximo 22 de octubre:

La misión en el corazón de la fe cristiana.

Queridos hermanos y hermanas:

Este año la Jornada Mundial de las Misiones nos vuelve a convocar entorno a la persona de Jesús, «el primero y el más grande evangelizador» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 7), que nos llama continuamente a anunciar el Evangelio del amor de Dios Padre con la fuerza del Espíritu Santo. Esta Jornada nos invita a reflexionar de nuevo sobre la misión en el corazón de la fe cristiana. De hecho, la Iglesia es misionera por naturaleza; si no lo fuera, no sería la Iglesia de Cristo, sino que sería sólo una asociación entre muchas otras, que terminaría rápidamente agotando su propósito y desapareciendo. Por ello, se nos invita a hacernos algunas preguntas que tocan nuestra identidad cristiana y nuestras responsabilidades como creyentes, en un mundo confundido por tantas ilusiones, herido por grandes frustraciones y desgarrado por numerosas guerras fratricidas, que afectan de forma injusta sobre todo a los inocentes. ¿Cuál es el fundamento de la misión? ¿Cuál es el corazón de la misión? ¿Cuáles son las actitudes vitales de la misión?

La misión y el poder transformador del Evangelio de Cristo, Camino, Verdad y Vida.

  1. La misión de la Iglesia, destinada a todas las personas de buena voluntad, está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio. El Evangelio es la Buena Nueva que trae consigo una alegría contagiosa, porque contiene y ofrece una vida nueva: la de Cristo resucitado, el cual, comunicando su Espíritu dador de vida, se convierte en Camino, Verdad y Vida por nosotros (cf. Jn 14,6). Es Camino que nos invita a seguirlo con confianza y valor. Al seguir a Jesús como nuestro Camino, experimentamos la Verdad y recibimos su Vida, que es la plena comunión con Dios Padre en la fuerza del Espíritu Santo, que nos libera de toda forma de egoísmo y es fuente de creatividad en el amor.
  2. Dios Padre desea esta transformación existencial de sus hijos e hijas; transformación que se expresa como culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24), en una vida animada por el Espíritu Santo en la imitación del Hijo Jesús, para gloria de Dios Padre. «La gloria de Dios es el hombre viviente» (Ireneo, Adversus haereses IV, 20,7). De este modo, el anuncio del Evangelio se convierte en palabra viva y eficaz que realiza lo que proclama (cf. Is 55,10-11), es decir Jesucristo, el cual continuamente se hace carne en cada situación humana (cf. Jn 1,14).

La misión y el kairos de Cristo.

  1. La misión de la Iglesia no es la propagación de una ideología religiosa, ni tampoco la propuesta de una ética sublime. Muchos movimientos del mundo saben proponer grandes ideales o expresiones éticas sublimes. A través de la misión de la Iglesia, Jesucristo sigue evangelizando y actuando; por eso, ella representa el kairos, el tiempo propicio de la salvación en la historia. A través del anuncio del Evangelio, Jesús se convierte de nuevo en contemporáneo nuestro, de modo que quienes lo acogen con fe y amor experimentan la fuerza transformadora de su Espíritu de Resucitado que fecunda lo humano y la creación, como la lluvia lo hace con la tierra. «Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 276).
  2. Recordemos siempre que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 1). El Evangelio es una persona, que continuamente se ofrece y continuamente invita a los que la reciben con fe humilde y laboriosa a compartir su vida mediante la participación efectiva en su misterio pascual de muerte y resurrección. El Evangelio se convierte así, por medio del Bautismo, en fuente de vida nueva, libre del dominio del pecado, iluminada y transformada por el Espíritu Santo; por medio de la Confirmación, se hace unción fortalecedora que, gracias al mismo Espíritu, indica caminos y estrategias nuevas de testimonio y de proximidad; y por medio de la Eucaristía se convierte en el alimento del hombre nuevo, «medicina de inmortalidad» (Ignacio de Antioquía, Epístola ad Ephesios, 20,2).
  3. El mundo necesita el Evangelio de Jesucristo como algo esencial. Él, a través de la Iglesia, continúa su misión de Buen Samaritano, curando las heridas sangrantes de la humanidad, y de Buen Pastor, buscando sin descanso a quienes se han perdido por caminos tortuosos y sin una meta. Gracias a Dios no faltan experiencias significativas que dan testimonio de la fuerza transformadora del Evangelio. Pienso en el gesto de aquel estudiante Dinka que, a costa de su propia vida, protegió a un estudiante de la tribu Nuer que iba a ser asesinado. Pienso en aquella celebración eucarística en Kitgum, en el norte de Uganda, por aquel entonces, ensangrentada por la ferocidad de un grupo de rebeldes, cuando un misionero hizo repetir al pueblo las palabras de Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», como expresión del grito desesperado de los hermanos y hermanas del Señor crucificado. Esa celebración fue para la gente una fuente de gran consuelo y valor. Y podemos pensar en muchos, numerosísimos testimonios de cómo el Evangelio ayuda a superar la cerrazón, los conflictos, el racismo, el tribalismo, promoviendo en todas partes y entre todos la reconciliación, la fraternidad y el saber compartir.

La misión inspira una espiritualidad de éxodo continuo, peregrinación y exilio.

  1. La misión de la Iglesia está animada por una espiritualidad de éxodo continuo. Se trata de «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20). La misión de la Iglesia estimula una actitud de continua peregrinación a través de los diversos desiertos de la vida, a través de las diferentes experiencias de hambre y sed, de verdad y de justicia. La misión de la Iglesia propone una experiencia de continuo exilio, para hacer sentir al hombre, sediento de infinito, su condición de exiliado en camino hacia la patria final, entre el «ya» y el «todavía no» del Reino de los Cielos.
  2. La misión dice a la Iglesia que ella no es un fin en sí misma, sino que es un humilde instrumento y mediación del Reino. Una Iglesia autorreferencial, que se complace en éxitos terrenos, no es la Iglesia de Cristo, no es su cuerpo crucificado y glorioso. Es por eso que debemos preferir «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (ibíd., 49).

Los jóvenes, esperanza de la misión.

  1. Los jóvenes son la esperanza de la misión. La persona de Jesús y la Buena Nueva proclamada por él siguen fascinando a muchos jóvenes. Ellos buscan caminos en los que poner en práctica el valor y los impulsos del corazón al servicio de la humanidad. «Son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado […]. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean “callejeros de la fe”, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!» (ibíd., 106). La próxima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en el año 2018 sobre el tema «los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional», se presenta como una oportunidad providencial para involucrar a los jóvenes en la responsabilidad misionera, que necesita de su rica imaginación y creatividad.

El servicio de las Obras Misionales Pontificias.

  1. Las Obras Misionales Pontificias son un instrumento precioso para suscitar en cada comunidad cristiana el deseo de salir de sus propias fronteras y sus seguridades, y remar mar adentro para anunciar el Evangelio a todos. A través de una profunda espiritualidad misionera, que hay que vivir a diario, de un compromiso constante de formación y animación misionera, muchachos, jóvenes, adultos, familias, sacerdotes, religiosos y obispos se involucran para que crezca en cada uno un corazón misionero. La Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra de la Propagación de la Fe, es una ocasión favorable para que el corazón misionero de las comunidades cristianas participe, a través de la oración, del testimonio de vida y de la comunión de bienes, en la respuesta a las graves y vastas necesidades de la evangelización.

Hacer misión con María, Madre de la evangelización.

  1. Queridos hermanos y hermanas, hagamos misión inspirándonos en María, Madre de la evangelización. Ella, movida por el Espíritu, recibió la Palabra de vida en lo más profundo de su fe humilde. Que la Virgen nos ayude a decir nuestro «sí» en la urgencia de hacer resonar la Buena Nueva de Jesús en nuestro tiempo; que nos obtenga un nuevo celo de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte; que interceda por nosotros para que podamos adquirir la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la salvación.

Francisco.

MISA DEL PAPA FRANCISCO EN CARPI

MISA DEL PAPA FRANCISCO EN CARPI

MISA DEL PAPA FRANCISCO EN CARPI, EL DOMINGO 2 DE ABRIL.

Carpi, en Italia, la diócesis más golpeada por los terremotos del 2012, recibió a Francisco despues de una semana de la reapertura de la Catedral restaurada y abierta al culto. Carpi y toda la región Emilia-Romagna sufrió víctimas humanas y una enorme devastación también en los edificios sacros.

Pero no se dejaron llevar por la desesperación y se dedicaron a la restauración, como dijo Francisco en la homilía: “También a nosotros, hoy como entonces, Jesús nos dice: “Quítate la piedra.” Por cuan pesado sea el pasado, grande el pecado, fuerte la vergüenza, nunca bloqueemos el ingreso al Señor. Quitemos delante de Él aquella piedra que le impide entrar: este es el tiempo favorable para remover nuestro pecado, nuestro apego a las vanidades del mundo, el orgullo que nos bloquea el alma. Visitados y liberados por Jesús, pidamos la gracia de ser testigos de vida en este mundo que tiene sed, testigos suscitan y resucitan la esperanza de Dios en los corazones cansados ​​y abrumados por la tristeza. Nuestro anuncio es la alegría del Señor viviente”.

“La vida siempre vence” es el logo de la reapertura de la catedral de Carpi el 26 de marzo de 2017 creada en el año 751 y ha sido visitada por Juan Pablo II y Benedicto. La visita de Papa Francisco es un signo de esperanza para las poblaciones golpeadas por los terremotos, el restauro de la catedral y otros edificios indica que la reconstrucción es posible y que no debemos dejarnos llevar ni siquiera por la desesperación ante “un mal oscuro y antiguo”. jesuita Guillermo Ortiz

Texto de la homilía del Papa pronunciada en Carpi

Las Lecturas de hoy nos hablan del Dios de la vida, que vence la muerte. Detengámonos, en particular, sobre el último de los signos milagrosos que Jesús realiza antes de su Pascua, en el sepulcro de su amigo Lázaro.

Ahí todo parece terminado: la tumba está cerrada y la piedra e grande; entorno solo llanto y desolación. También Jesús está estremecido por el misterio dramático de la perdida de una persona querida: “Se conmovió profundamente” y estaba “muy turbado” (Jn, 11,33). Después “estalló en llanto” (v. 35) y fue al sepulcro, dice el Evangelio, “todavía conmovido una vez más” (v. 38). Y este es el corazón de Dios: lejano del mal pero cercano a quien sufre; no hace desaparecer el mal mágicamente, sino que comparte el sufrimiento, lo hace propio y lo transforma habitándolo.

Pero notemos que, en medio de la desolación general por la muerte de Lázaro, Jesús no se deja llevar por el desánimo, Jesús no se deja transportar por la desesperación. Aun sufriendo Él mismo, pide que se crea firmemente; no se cierra en el llanto, sino que conmovido se pone en camino hacia el sepulcro. No se deja capturar del ambiente emotivo resignado que lo circunda, sino que reza con confianza y dice: “Padre, ti doy gracias” (v. 41). Así, en el misterio del sufrimiento, frente al cual el pensamientos y el progreso se rompen como moscas sobre el vidrio, Jesús nos ofrece el ejemplo de cómo comportarse: no huye del sufrimiento, que pertenece a esta vida, pero no se deja aprisionar por el pesimismo.

En torno al sepulcro se realiza así un gran encuentro-desencuentro. Por una parte está la gran desilusión, la precariedad de nuestra vida mortal que, atravesada por la angustia de la muerte, experimente muy seguido la derrota, una oscuridad interior que parece insuperable. Nuestra alma, creada para la vida, sufre sintiendo que su sed de eterno bien es oprimido por un mal antiguo y oscuro. Por una parte es ésta derrota del sepulcro. Pero de la otra parte está la esperanza que vence la muerte y el mal y que tiene un nombre; la esperanza se llama: Jesús. Él no trae un poco de bienestar o algún remedio para alargar la vida, pero proclama: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí aunque muera, vivirá” (v. 25). Por esto dice: “quiten la piedra”(v. 39) y a Lázaro grita con voz fuerte: “Sal fuera” (v. 43).

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros estamos invitados a decidir de qué parte estar. Se puede estar de parte del sepulcro o se puede estar de parte de Jesús. Hay quienes se dejan encerrar por la tristeza y quien se abre a la esperanza. Hay quienes se quedan atrapados en las ruinas de la vida, y quienes, como ustedes, con la ayuda de Dios, reconstruye con paciente esperanza.

Frente a los grandes “por qué” de la vida tenemos dos caminos: quedarse mirando melancólicamente las tumbas de ayer y de hoy, o acercar a Jesús a nuestros sepulcros. Sí, porque cada uno de nosotros tiene un pequeño sepulcro, un área un poco muerta dentro del corazón: una herida, mal sufrido o realizado, un rencor que no amainó, un remordimiento que regresa constantemente, un pecado que no se puede superar. Identifiquemos hoy estos nuestros pequeños sepulcros que tenemos dentro y allí invitemos a Jesús. Es extraño, pero a menudo preferimos estar solos en las grutas oscuras que llevamos dentro, en vez de invitar a Jesús; estamos tentados de buscar siempre a nosotros mismos, dando vueltas y hundiéndonos en la angustia, lamiéndonos las heridas, en lugar de ir a Él, que nos dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.” (Mt 11:28). No nos dejemos aprisionar por la tentación de quedarnos solos y desesperanzados sintiendo lástima por nosotros mismos por lo que nos sucede; no cedamos a la lógica inútil y no concluyente del miedo, repitiendo resignados que todo está mal y nada es como antes. Esta es la atmósfera del sepulcro; el Señor, en cambio, quiere abrir el camino de la vida, aquel  del encuentro con Él, de la confianza en Él, de la resurrección del corazón. La vía del “Levántate”, ¡levántate, sal!, esto es lo que nos dice el Señor, y Él está al lado nuestro para hacerlo.

Sentimos entonces, dirigidas a cada uno de nosotros, las palabras de Jesús a Lázaro: “¡Sal!”; sal del atasco de la tristeza sin esperanza; disuelve las vendas de miedo que obstruyen el camino; los lazos de las debilidades y de las preocupaciones que te bloquean, repite que Dios desata los nudos. En el seguimiento de Jesús aprendemos a no atar nuestras vidas en torno a los problemas que se enredan: siempre habrá problemas, siempre, y, cuando resolvemos uno, puntualmente llega otro. Podemos, sin embargo, encontrar una nueva estabilidad, y esta estabilidad es precisamente Jesús,esta estabilidad se llama: Jesús, que es la resurrección y la vida: con él la alegría habita en el corazón, renace la esperanza, el dolor se transforma en paz, el temor en confianza, la prueba en ofrenda de amor. Y aunque los pesos no faltarán, siempre estará su mano que levanta, su Palabra que alienta y nos dice a todos, a cada uno de nosotros: “¡Sal! ¡Ven a mí! “. Nos dice a todos: no tengais miedo.

También a nosotros, hoy como entonces, Jesús nos dice: “Quítate la piedra.” Por cuan pesado sea el pasado, grande el pecado, fuerte la vergüenza, nunca bloqueemos el ingreso del Señor. Quitemos delante de Él aquella piedra que le impide entrar: este es el tiempo favorable para remover nuestro pecado, nuestro apego a las vanidades del mundo, el orgullo que nos bloquea el alma. Tantas enemistades entre nosotros, en las familias, tantas cosas… y este es el tiempo favorable para remover todas estas cosas.

Visitados y liberados por Jesús, pidamos la gracia de ser testigos de vida en este mundo que tiene sed, testigos suscitan y resucitan la esperanza de Dios en los corazones cansados ​​y abrumados por la tristeza. Nuestro anuncio es la alegría del Señor viviente, que aún hoy dice, como a Ezequiel: “Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel” (Ez 37,12).

Audiencia 22 Marzo – Papa Francisco

Audiencia 22 Marzo – Papa Francisco

AUDIENCIA DEL PAPA FRANCISCO EL DIA 22 DE MARZO

Desde primera hora de la mañana, miles de peregrinos han estado en la Plaza de San Pedro para asistir a la audiencia del Papa Francisco en este miércoles, 22 de marzo, tercero del Tiempo de Cuaresma. El Pontífice ha continuado reflexionando, durante la catequesis, sobre la esperanza cristiana, partiendo de los textos de San Pablo:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Ya desde hace algunas semanas el Apóstol Pablo nos está ayudando a comprender mejor en que cosa consiste la esperanza cristiana. Y hemos dicho que no era un optimismo, no: era otra cosa. Y el Apóstol nos ayuda a entender que cosa es esto. Hoy lo hace uniéndola a dos actitudes aún más importantes para nuestra vida y nuestra experiencia de fe: la «perseverancia» y la «consolación» (vv. 4.5). En el pasaje de la Carta a los Romanos que hemos apenas escuchado son citados dos veces: la primera en relación a las Escrituras y luego a Dios mismo. ¿Cuál es su significado más profundo, más verdadero? Y ¿En qué modo iluminan la realidad de la esperanza? Estas dos actitudes: la perseverancia y la consolación.

La perseverancia podríamos definirla también como paciencia: es la capacidad de soportar, llevar sobre los hombros, “soportar”, de permanecer fieles, incluso cuando el peso parece hacerse demasiado grande, insostenible, y estamos tentados de juzgar negativamente y de abandonar todo y a todos. La consolación, en cambio, es la gracia de saber acoger y mostrar en toda situación, incluso en aquellas marcadas por la desilusión y el sufrimiento, la presencia y la acción compasiva de Dios. Ahora, San Pablo nos recuerda que la perseverancia y la consolación nos son transmitidas de modo particular por las Escrituras (v. 4), es decir, por la Biblia. De hecho, la Palabra de Dios, en primer lugar, nos lleva a dirigir la mirada a Jesús, a conocerlo mejor y a conformarnos a Él, a asemejarnos siempre más a Él. En segundo lugar, la Palabra nos revela que el Señor es de verdad «el Dios de la constancia y del consuelo» (v. 5), que permanece siempre fiel a su amor por nosotros, es decir, que es perseverante en el amor con nosotros, no se cansa de amarnos: ¡no! Es perseverante: ¡siempre nos ama! Y también se preocupa por nosotros, curando nuestras heridas con la caricia de su bondad y de su misericordia, es decir, nos consuela. Tampoco, se cansa de consolarnos.

En esta perspectiva, se comprende también la afirmación inicial del Apóstol: «Nosotros, los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos» (v. 1). Esta expresión «nosotros, los que somos fuertes» podría parecer arrogante, pero en la lógica del Evangelio sabemos que no es así, es más, es justamente lo contrario porque nuestra fuerza no viene de nosotros, sino del Señor. Quien experimenta en su propia vida el amor fiel de Dios y su consolación está en grado, es más, en el deber de estar cerca de los hermanos más débiles y hacerse cargo de sus fragilidades. Si nosotros estamos cerca al Señor, tendremos esta fortaleza para estar cerca a los más débiles, a los más necesitados y consolarlos y darles fuerza. Esto es lo que significa. Esto nosotros podemos hacerlo sin auto-complacencia, sino sintiéndose simplemente como un “canal” que transmite los dones del Señor; y así se convierte concretamente en un “sembrador” de esperanza. Es esto lo que el Señor nos pide a nosotros, con esa fortaleza y esa capacidad de consolar y ser sembradores de esperanza. Y hoy, se necesita sembrar esperanza, ¿eh? No es fácil.

El fruto de este estilo de vida no es una comunidad en la cual algunos son de “serie A”, es decir, los fuertes, y otros de “serie B”, es decir, los débiles. El fruto en cambio es, como dice Pablo, «tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a ejemplo de Cristo Jesús» (v. 5). La Palabra de Dios alimenta una esperanza que se traduce concretamente en el compartir, en el servicio recíproco. Porque incluso quien es “fuerte” se encuentra antes o después con la experiencia de la fragilidad y de la necesidad de la consolación de los demás; y viceversa en la debilidad se puede siempre ofrecer una sonrisa o una mano al hermano en dificultad. Y así es una comunidad que «con un solo corazón y una sola voz, glorifica a Dios» (Cfr. v. 6). Pero todo esto es posible si se pone al centro a Cristo, su Palabra, porque Él es el “fuerte”, Él es quien nos da la fortaleza, quien nos da la paciencia, quien nos da la esperanza, quien nos da la consolación. Él es el “hermano fuerte” que cuida de cada uno de nosotros: todos de hecho tenemos necesidad de ser llevados en los hombres del Buen Pastor y de sentirnos acogidos en su mirada tierna y solícita.

Queridos amigos, jamás agradeceremos suficientemente a Dios por el don de su Palabra, que se hace presente en las Escrituras. Es ahí que el Padre de nuestro Señor Jesucristo se revela como «Dios de la perseverancia y de la consolación». Y es ahí que nos hacemos conscientes de como nuestra esperanza no se funda en nuestras capacidades y en nuestras fuerzas, sino en el fundamento de Dios y en la fidelidad de su amor, es decir, en la fuerza de Dios y en la consolación de Dios. Gracias.

Posteriormente, el Obispo de Roma tuvo un recuerdo para los refugiados, así como para diversas celebraciones entre las que se encuentran el Día de los Bosques, que se vivió ayer y el Día Mundial del agua, hoy miércoles, además de las 24 horas para el Señor el viernes y el sábado y la Solemnidad de la Anunciación del Señor el próximo 25. No quiso tampoco dejar pasar la ocasión para pedir por los que sufren cualquier tipo de tragedias.