CONSUMO O AYUNO.

De las tres prácticas penitenciales de este tiempo de Cuaresma: la oración, la limosna y el ayuno, la menos ejercitada, me atrevo a asegurar, es el ayuno. Incluso llegamos a pensar que no es más necesaria que una dieta imprescindible para mejorar la figura o la salud, ¡con lo fastidiosas que son las dietas! Y, sin embargo, es una práctica penitencial que nos solicita la Iglesia al ofrecernos lo que la Palabra de Dios asegura es camino de liberación y de plenitud personal y comunitaria. La disciplina —que viene de discípulo— cuaresmal fija unos días de ayuno. Sí, pero esto no es más que un pequeño signo de algo que debemos vivir muy hondamente en nuestras vidas. Fijaos lo que nos escribe el papa Francisco: «La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo. Es importante incorporar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas, y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que “menos es más”. La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. En cambio, el hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres». (Laudato si’, 222) ¡Qué lejos está este párrafo de entender el ayuno como una dieta fastidiosa e inútil! La Cuaresma es el tiempo propicio para adelgazar, sí, adelgazar nuestros modos de vida opulentos en todo: comida y bebida, vestido, horas de TV, cambios de móvil innecesarios… etc. «Se trata de la convicción de que “menos es más”», nos asegura la valentía del Papa, y que nos limpia la mirada para ver alrededor: «La constante acumulación de posibilidades para consumir, distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. En cambio, el hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal». Hemos de advertir que es una espiritualidad que nos enfrenta a la cultura dominante. Oigamos de nuevo al Papa: «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del c o r a z ó n cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado» (Evangelii gaudium, 2) Una vida sobria nos abre, ciertamente, a los demás, porque aligera. Y, con menos kilos de peso en todos los sentidos (físico, síquico y espiritual), nos permite, en los vacíos que provoca el ayuno, nos permite encontrar la presencia del mismo Señor Jesucristo. «Despojados de nuestras cosas», nos permite sentirnos amados de Dios y capacitados para ofrecer a todos «nada más que amor».

Vuestro obispo, Antonio Algora.