Al principio no nos lo creíamos: ¿cómo todo un Papa viene a pisar la tierra roja de este país ensangrentado por la sangre también roja de tanta pobre gente?

Sin embargo, querido papa Francisco, te saltaste a la torera las recomendaciones de los más cautelosos, no quisiste chaleco antibalas, te subiste en el papamóvil sin blindar, para que todos te vieran mejor, y te pusiste a hablarnos de paz y reconciliación. De que con la paz todo se gana, mientras que con la guerra todo se pierde. Cosas sencillas pero que necesitábamos mucho volver a oírlas. Que la violencia no conduce nunca a la paz, sino que genera más violencia hasta crear un remolino de violencia que engulle a inocentes y pecadores. Recién llegado, arropado por una multitud entregada y 2.800 ‘scouts’ que ponían orden, pasaste por el mismo lugar en la avenida Combatant en que, hace poco menos de un mes, cuatro representantes de un grupo radical que venían a Bangui a negociar fueron linchados con palos y machetes.
Tocaste a los niños desplazados, que han perdido casa, familia, escuela, niños noqueados por la violencia, niños heridos por las balas, niños de casas quemadas que miran el horizonte sin ver ya nada más, porque les habían robado su inocencia, de tantas maldades que han sido testigos. Hijos del miedo, hijos del hambre, niños musulmanes y no musulmanes en dos campos de desplazados distintos, sin hacer diferencias, niños de mirada perdida a quienes les han saqueado el alma en Bangui. Te paseaste entre ellos, con los zapatones negros que trajiste desde Argentina… Gracias, porque te pusiste en su lugar y denunciaste sin paliativos que muchos de aquellos niños y jóvenes habían sido utilizados por criminales como carne de cañón y esclavas sexuales.


Estuviste ‘sembrao’ cuando sugeriste que quienes mueven los hilos para que nada funcione en Centroáfrica, curiosamente, no viven en Centroáfrica.


 

Entraste en la mezquita de Koudoukou sin miedo a las balas. El imán Layama Kobina no estaba allí porque se la tienen jurada incluso muchos de los suyos, pero la habían pintado y aderezado solo para ti, papa Francisco, porque decían que era un gran honor que pisaras sus esteras con tus pies desnudos y les hablaras de paz. Cinco minutos quisiste rezar donde suele predicar el imán, sin decir nada, en silencioso recogimiento. Solo después les saludaste con una gran sonrisa. No sé si los violentos te escucharán, pero sé que aquellos que te escucharon quedaron sobrecogidos. Lo mismo cuando hablaste en la escuela de Teología protestante. Lo mismo cuando, rompiendo el protocolo, horror para tu gendarmería, la Minusca y para todo tu séquito, te acercaste a la escuela musulmana para escuchar los lamentos de mujeres que lloran con lágrimas de dolor, del mismo color por cierto que las lágrimas de las madres no musulmanas que viste el día anterior.

Un Papa en Bangui sin chaleco antibalas cuando dos días antes los kalashnikovs no dejaron de tronar durante toda la tarde, allí mismito, a dos tiros de piedra de la Nunciatura, por la avenida Boganda abajo, en el P.K. 5 donde hasta por respirar te juegas la vida. Tuviste un recuerdo, te lo habíamos dicho los obispos cuando comimos contigo el domingo en la Nunciatura, para los combonianos de la parroquia de Fátima, que no pudieron verte por no abandonar a los 500 desplazados sentenciados a muerte si salían de la verjade la misión. Dijiste que te hubiera gustado ir a Fátima, insuflar ánimos allí. No pudo ser, por motivos de seguridad. Gracias por recordarme, durante la comida solo con los obispos (yo estaba sentado enfrente de su santidad, comiendo pescadito del río Oubangui con habichuelillas verdes), que San Ambrosio decía que el nombre de Dios es misericordia y que donde hay misericordia, allí está Dios.

Estuviste ‘sembrao’, papa Francisco, cuando sugeriste entre líneas que los que mueven los hilos para que nada funcione en Centroáfrica,curiosamente, no viven en Centroáfrica, y que nadie tiene que huir de Centroáfrica por ello, porque tuviste valor de decirlo todo sin pelos en la lengua, hablaste con arrojo a los jóvenes de Centroáfrica, confesaste a algunos y te paseaste en medio de los pobres como cuando te llamaban padre Jorge por los arrabales de Buenos Aires.

Gracias, porque nos has dado valor y esperanza, porque no te callaste, porque miraste a la cara a los pobres, porque abriste la Puerta Santa de la Misericordia enseñándonos un carril prioritario, diferente del resto de la Iglesia, para ir más rápido hacia Sus Manos, experimentar su amor, y nos pediste que lo repartiéramos después, en forma de gestos de reconciliación. Nos enseñaste un camino, nos mostraste cómo salir del hoyo, del laberinto en el que estamos…
Cuando, después de la foto ritual en la Nunciatura, te cogiste a mi brazo para subir los escalones, sentí tu fuerza, no tanto física, sino sobre todo humana y espiritual. Bromeamos contigo en la comida con los obispos cuando te enseñamos dos palabras en sango: ‘ndoyé’ y ‘siriri’. Las repetiste a los jóvenes de la vigilia de oración tres horas después: » Empapad vuestra vida de amor y paz».

La multitud del estadio, 20.000 plazas, te sobrecogió, se te vio en la cara, porque rugían de amor y respeto cuando hablaste de «pasar a la otra orilla», es decir, pasar página y empezar de nuevo en la sociedad centroafricana. Cuando 25.000 almas gritaron a una el lema popular cristiano, sonreíste de oreja a oreja. Cuando me diste un regalo (una custodia), me dijiste en español que rezara por ti y me guiñaste un ojo…

Luego, querido papa Francisco, subiste al avión sobre las 12:30 del segundo día de tu visita a Bangui, sin haber ni siquiera comido aún, con tu séquito de monseñores y periodistas, y nos quedamos mirándote y mirándonos, huérfanos ya de ti, como embobados despertando de un sueño, oyendo en sordina el ruido del Boeing de Alitalia que te trajo hasta nosotros y que te llevaba de vuelta a Roma… porque mientras has estado, las armas se han callado unas horas, por respeto a ti. ¡Ojalá que te quedaras para siempre! Te fuiste a tu quehacer en Roma y en el mundo, a tu Vatilik, a bregar con asuntos de corrupción y a tu Santa Marta querida, y nosotros, sin paz ni pan, a nuestra lucha por estar junto a los pobres por decirles que mañana será mejor, que después de la tempestad viene la calma. Mi gente de Bangassou ha recogido en unos botecitos tierra que tú pisaste. Dicen que está bendecida por tu huella. La llevarán a Bangassou como testigos de lo que han vivido en Bangui, de la inmensa esperanza que has sembrado en sus corazones porque, por una vez en sus vidas, demonios negros armados de violencia se trocaron en un ángel blanco vestido de papa Francisco. Que tus palabras de perdón y de paz, a fuerza de repetirlas, se nos metan en la piel, en el vientre y en el corazón.

Y gracias de corazón a Dios Padre, que no ha permitido que nadie nos agüe la fiesta, que ningún retorcido nos estropee el encuentro, que ningún descerebrado haga daño a nadie. Y gracias sobre todo a Dios Padre, que ha querido regalarnos dos día de ensueño, teñidos de paz, porque incluso a aquellos dos jóvenes que raptaron en Fátima ayer por la mañana para degollarlos (RD publicó la noticia, pero cinco horas más parte fue desmentida por los mismos padres de Fátima y las familias de los dos jóvenes), los devolvieron sanos y salvos (¿por milagro de quién?) a final de la tarde, vivitos y coleando, después de haber tenido la muerte rozándoles las gargantas.

*Juan José Aguirre es obispo de Bangassou.