AUDIENCIA EXTRAORDINARIA DEL SÁBADO DE PENTECOSTÉS.

Francisco reflexiona sobre la piedad y habla de María en Pentecostés.

La lluvia no ha impedido la presencia de multitud de personas, mientras los enfermos e impedidos han seguido el desarrollo del evento en el Aula Pablo VI. El Pontífice ha hecho alusión en su catequesis a la piedad como un Don del Espíritu de Dios. Estas fueron sus palabras:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

No parece tan bonito el día, pero ustedes son valientes y han venido con la lluvia, gracias. Esta audiencia se realizará en dos lugares: los enfermos están en el Aula Pablo VI, por la lluvia, están más cómodos ahí  y nos siguen a través de las pantallas; y nosotros aquí. Estamos unidos, ambos, y les hago la propuesta de saludarlos con un aplauso. No es fácil aplaudir con el paraguas en la mano, ¿eh?

Entre los tantos aspectos de la misericordia, existe uno que consiste en sentir piedad o apiadarse en relación a cuantos tienen necesidad de amor. La pietas – la piedad – es un concepto presente en el mundo greco-romano, donde indica el acto de someterse a los superiores: sobre todo la devoción debida a los dioses, también el respeto de los hijos hacia los padres, sobre todo a los ancianos. Hoy, en cambio, debemos estar atentos a no identificar la piedad con el pietismo, bastante difundido, que es solo una emoción superficial y ofende la dignidad del otro. Al mismo modo, la piedad no se debe confundir ni siquiera con la compasión que sentimos por los animales que viven con nosotros; sucede, de hecho, que a veces se siente este sentimiento hacia los animales, y se permanece indiferente ante los sufrimientos de los hermanos. Pero, cuantas veces vemos gente tan apegada a los gatos, a los perros, y después dejan sin ayuda el hambre del vecino, de la vecina… no, no ¿eh?

La piedad de la cual queremos hablar es una manifestación de la misericordia de Dios. Es uno de los siete dones del Espíritu Santo que el Señor ofrece a sus discípulos para hacerlos «dóciles para seguir los impulsos del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1830). Tantas veces en el Evangelio se presenta el grito espontáneo que personas enfermas, endemoniadas, pobres o afligidas dirigen a Jesús: “Ten piedad” (Cfr. Mc 10,47-48; Mt 15,22; 17,15). A todos Jesús respondía con la mirada de la misericordia y el conforto de su presencia. En tales invocaciones de ayuda o pedidos de piedad, cada uno expresaba también su fe en Jesús, llamándolo “Maestro”, “Hijo de David” y “Señor”. Intuían que en Él había algo extraordinario, que les podía ayudar a salir de la condición de tristeza en la cual se encontraban. Percibían en Él el amor de Dios mismo. Y también si la gente se amontonaba, Jesús se daba cuenta de aquellas invocaciones de piedad y se apiadaba, sobre todo cuando veía personas sufrientes y heridas en su dignidad, como en el caso de la hemorroisa (Cfr. Mc 5,32). Él los llamaba a tener confianza en Él y en su Palabra (Cfr. Jn 6,48-55). Para Jesús sentir piedad equivale a compartir la tristeza de quien encuentra, pero al mismo tiempo a obrar en primera persona para transformarla en alegría.

También nosotros somos llamados a cultivar en nosotros actitudes de piedad ante tantas situaciones de la vida, quitándonos de encima la indiferencia que impide reconocer las exigencias de los hermanos que nos rodean y liberándonos de la esclavitud del bienestar material (Cfr. 1 Tim 6,3-8).

Miremos el ejemplo de la Virgen María, que cuida de cada uno de sus hijos y es para nosotros creyentes el ícono de la piedad. Dante Alighieri lo expresa en la oración a la Virgen puesta al culmen del Paraíso: «En ti misericordia, en ti bondad, en ti magnificencia, en ti se encuentra todo cuanto hay de bueno en las criaturas» (XXXIII, 19-21). Gracias.

Antes de terminar el Santo Padre habló de María en el Misterio de Pentecostés, en la Espera dle Espíritu Santo:

A través de la  intercesión de la Virgen María, estamos invitados, en la víspera de Pentecostés a sacudir nuestra indiferencia, que a veces nos impide ver las necesidades de nuestros hermanos y liberarnos de la esclavitud de los bienes materiales.

En esta víspera de Pentecostés, queremos unirnos espiritualmente con la Virgen María y los apóstoles reunidos en oración en espera del Espíritu Santo. El Paráclito nos ayude a crecer en la fe y en la caridad para ser testimonios de la verdadera piedad.

Mañana celebraremos la Solemnidad de Pentecostés. Pidamos al Espíritu Santo que llene nuestros corazones. Abrámoslos a su acción. San Pablo nos recuerda que es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables. Pidámosle que sostenga nuestra oración y nuestras acciones, que las ilumine con su luz, que las haga conformes a la voluntad de Dios.

Este mes de María nos invita a multiplicar cotidianamente los actos de devoción e imitación de la Madre de Dios. ¡Recen el Rosario cada día! ¡Dejen que la Virgen Madre posea su corazón, encomendándole lo que son y tienen! Y Dios será todo en todos»

En su cordial bienvenida a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, el Papa Francisco recordó que la audiencia general coincidió con la memoria litúrgica de San Matías –  que completó el número doce de los Apóstoles, después de la Ascensión del Señor, cuando los mismos junto con María y varios discípulos, se dedicaron a la oración y a esperar la venida del Espíritu Santo:

«Hoy es la fiesta de San Matías, el último apóstol que entró entre los Doce. Que su vigor espiritual estimule en ustedes, queridos jóvenes – en especial a los alumnos del Sagrado Corazón y Pablo VI de Roma – a ser coherentes con su fe. Que su entrega a Cristo Resucitado los sostenga a ustedes, queridos enfermos, en los momentos de mayor dificultad. Que su dedición misionera les recuerde a ustedes, queridos recién casados, que el amor  es el cimiento insustituible de la familia.

Finalmente, hizo un breve resumen y saludo en los principales idiomas.