Mañana es el Día de los Difuntos, no hoy

La memoria de nuestros difuntos nos lleva invariablemente a valorar sus vidas, pues los padres nos regalaron la existencia, los hermanos fácilmente nos valoraron a nosotros y los amigos lo fueron. Sin embargo, en nuestra memoria, a medida que vamos acumulando experiencias se abre una mayor conciencia de lo que transcurrió en la convivencia que tuvimos con ellos, aparecen fallos, desilusiones, y aun frustraciones y problemas que ya no tienen solución, no hay marcha atrás, lo pasado, pasado está; también aparece que ese accidente fatal nos separó de ellos, en momentos de especial dificultad, o simplemente nos dejaron un vacío imposible de llenar.

No, se trata de nuestros seres queridos o que echamos en falta que se portaron mejor con nosotros o que se fueran imprevisiblemente. Y es ahí donde se hace fuerte la experiencia de la oración a Dios que tiene las mil versiones, según la formación cristiana de cada uno, de llevar unas flores a la cruz que pusimos en la sepultura, de rezar algún Padrenuestro o «Dios te salve, María,…», o de abrir un sincero diálogo con Jesucristo para pedirle por nuestros difuntos dispuestos a perdonar, a amar, a rectificar en nuestra conciencia los juicios sobre sus conductas, siempre limitados y parciales y a pedir a Dios que llene el vacío —siempre inútil— que nos dejaron. Si el Día de Difuntos es un día de buscar la paz en lo más hondo de nuestro ser, afirmamos que la vida es mucho más que los años vividos con mayor o menor fortuna. Afirmamos que nuestras personas son lo más importante y que estamos llamados a vivir para siempre. Afirmamos que se nos ha regalado la vida, la propia y la de los que ya no están con nosotros. Afirma m o s que la existencia humana destinada a la eternidad está en nosotros y a nuestro alrededor y que, si hay tragedias y problemas, precisamente porque estamos destinados a la eternidad, tenemos que trabajar con todas nuestras fuerzas para, aquí en la tierra, dar respuesta a esa voluntad divina que quiere que todos vivamos con la dignidad de hijos de Dios. Y si alguien ha dicho alguna vez «usted resígnese ante el dolor, el sufrimiento o la misma muerte» ha dicho mentira, pues los cristianos no nos resignamos nunca, pues en todo momento hemos de llevar el mandato del Señor de vivir la paz de su Reino, de luchar por la justicia, de entregar nuestra vida por amor a todos, de buscar lo que es mejor, la santidad, la perfección, la mejor realización de nuestra existencia que pueda estar en nuestra manos, llamados a acompañar y dar consuelo.

Naturalmente saber que el Señor resucitado que nos acompaña aquí, es el mismo que vive para siempre, el que nos presentará a Dios Padre llenos de su vida y con Él. Nos da la fuerza de su gracia para seguir. Día de Difuntos, día de fe, esperanza y amor.

Vuestro obispo, Antonio Algora.