REFUGIADOS

Una de las últimas cartas que recibimos de nuestro antiguo Obispo Antonio Algora.

Cualquiera puede llegar a pensar que la unidad de Europa está en peligro a causa de los distintos intereses de los estados miembros o de la debilidad galopante de sus dirigentes políticos, de las estrategias de gobierno o de las coyunturas económicas, sociales etc. Todas causas muy razonables en la dinámica social. Recordando los orígenes del Tratado primero, podemos leer: «El Tratado CECA, firmado en París en 1951, reúne a Francia, Alemania, Italia y los países del Benelux en una Comunidad que tiene por objeto organizar la libertad de circulación del carbón y del acero y el libre acceso a las fuentes de producción. Además, se crea una Alta Autoridad común que supervisa el mercado y el respeto de las normas de competencia y vela por la transparencia de los precios. Este Tratado está en el origen de las instituciones tal y como hoy las conocemos». Poner en un mercado común las industrias que habían servido hasta entonces para la industria del armamento que alimentó las dos grandes guerras en suelo europeo fue una táctica muy bien pensada y muy acertada de los fundadores de la Unión Europea, por cierto todos ellos con alma claramente cristiana. No debemos despreciar la economía ni el mercado que la sustenta así como así, pero, a la vez, hay que decir que lo que hizo posible el acuerdo fue la unidad de origen, cultural, histórica llena de desavenencias y de paces, pero pese a quien pese historia común, que como todo lo humano va decantando en el tiempo, con sus avances y retrocesos. Pues bien, ahora el reto está fuera de nuestras fronteras y de esa cuestión de lesa humanidad que es el fenómeno migratorio de auténticos refugiados a causa de la guerra o a causa de las penurias y hambrunas de los territorios martirizados en parte por los mismos países que conformamos la Europa del Mercado. Digo reto o desafío que no debemos dejar sin más en el discurso de los políticos o de los acuerdos gubernamentales. Los avances tecnológicos y sociales de los Medios de Comunicación orientados por las grandes firmas de la comunicación y administrados a su voluntad nos ponen, a pesar de todas las manipulaciones de las noticias, en el umbral de nuestras conciencias, el drama humanitario que supone este fenómeno social. Pero, ¡claro!, ¿nos dejamos afectar por las burradas que se están cometiendo en las fronteras cerradas a su paso además de las del origen del problema en la guerra que nadie quiere parar radicalmente? ¿O se nos hace la piel gruesa y encallecida que oculta la falta de sentimientos y sensaciones humanas? Los cristianos debemos revisar los valores más fundamentales que emanan del mandato nuevo del amor al prójimo y de la consecuente fraternidad universal y, por encima de las estructuras sociopolíticas, volcarnos en nuestros cauces de ayuda reclamando, incluso, el derecho a invitar a nuestros hogares a personas concretas. Estoy hablando, probablemente de utopías y de soluciones irreales, pero algo hay que hacer para que no se muera el alma cristiana de Europa con toda su belleza y patrimonio universal espiritual y material a la vez. No dejemos que se muera en nosotros el amor a Dios y a los hermanos, abramos las puertas a Cristo Resucitado. Vuestro obispo Antonio Algora.