Ante la magnitud de los problemas que acosan a la humanidad en esta hora de la historia, incluidos los que provienen del maltrato que le estamos dando al planeta Tierra, que condiciona muy gravemente el futuro de la misma Humanidad, el Papa Francisco nos ha ofrecido, como sabéis, su reflexión a todo el mundo en la carta encíclica Laudato si’.

Uno esto al ambiente que percibimos muchos cristianos de recelo, intolerancia y, a veces, incluso agresión, a todo lo que huele a religioso y, en especial, a la Iglesia. Por eso me ha llamado la atención este párrafo de la Carta. Con toda honestidad el Papa se pregunta: «¿Por qué incluir en este documento, dirigido a todas las personas de buena voluntad, un capítulo referido a convicciones creyentes?

No ignoro que, en el campo de la política y del pensamiento, algunos rechazan con fuerza la idea de un Creador, o la consideran irrelevante, hasta el punto de relegar al ámbito de lo irracional la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para un desarrollo pleno de la humanidad. Otras veces se supone que constituyen una subcultura que simplemente debe ser tolerada. Sin embargo, la ciencia y la religión, que aportan diferentes aproximaciones a la realidad, pueden entrar en un diálogo intenso y productivo para ambas» (Ls 62).

Echar mano de la historia para culpar a todo lo religioso como causante de los males que han caído sobre la humanidad, además de ser una injusticia, es una trampa en la que cae el mismo que la inventa, pues parte de una falsedad que oculta las causas últimas de los problemas que nos acosan. En la Iglesia tenemos la desventaja de que son dos mil años de historia para acumular despropósitos en comparación con los grupos sociales de no mayor duración que cien años, pero tenemos la ventaja de que hemos hecho periódicamente, a lo largo de esta larga vida milenaria, las revisiones que hemos creído oportunas. Es el caso del Concilio Vaticano II, hace ya cincuenta años. Extraigo esta pequeña muestra para iluminar la situación actual, la que estamos viviendo hoy: «Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad […] La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio […]

Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas […] Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre.

Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades» (Alocución del Beato Pablo VI, 7/12/1965). Con este planteamiento, todavía deberemos hacer los católicos una sincera aplicación de este espíritu conciliar, no sea que respondamos a los ataques, que tienen regusto de pasado, de una manera inapropiada y sin la menor intención de ser servidores de todos, pues siguiendo el consejo de la Palabra de Dios: «No debáis nada a nadie, a no ser el amaros mutuamente» (Rom 13, 8).

A partir de aquí, que no teman a la Iglesia que hoy se sitúa así ante los envites, ciertamente complejos y difíciles, del momento presente.

 

Vuestro obispo, Antonio Algora.